El “respaldo” masivo de Spotify reactiva el debate entre activismo y piratería, mientras expone a los usuarios a infostealers





Por Víctor Ruiz, fundador de SILIKN, Instructor Certificado en Ciberseguridad (CSCT™), NIST Cybersecurity Framework 2.0 Certified Expert (CSFE), (ISC)² Certified in Cybersecurity℠ (CC), EC-Council Ethical Hacking Essentials (EHE) Certified, EC-Council Certified Cybersecurity Technician (CCT), Ethical Hacking Certified Associate (EHCA), Cisco Ethical Hacker & Cisco Cybersecurity Analyst y líder del Capítulo Querétaro de la Fundación OWASP.

Un anuncio que ha estremecido a la industria musical y encendido las alarmas en el ámbito de la ciberseguridad volvió a poner en el centro del debate los límites entre el activismo digital y el delito informático. El pasado 20 de diciembre de 2025, el colectivo Anna’s Archive aseguró haber extraído prácticamente la totalidad del catálogo de Spotify, la plataforma de streaming musical más grande del mundo, con más de 700 millones de usuarios activos.

De acuerdo con el propio colectivo, el llamado “respaldo” incluye metadatos de alrededor de 256 millones de pistas y archivos de audio correspondientes a 86 millones de canciones, lo que equivale a casi 300 terabytes de información. En términos prácticos, se trataría del 99.6 % de todas las reproducciones registradas en Spotify hasta julio de 2025.

Lo que durante años fue presentado como un proyecto sin fines de lucro orientado a la preservación del conocimiento humano, hoy es señalado por especialistas como un caso paradigmático de hacktivismo con implicaciones criminales, que plantea dilemas éticos, legales y de seguridad sobre el acceso a la cultura en la era digital.


Anna’s Archive: de defensores del acceso abierto a archivistas clandestinos

Anna’s Archive nació en 2022 como una iniciativa open source, impulsada por una figura anónima que se identifica únicamente como “Anna”. Su misión declarada era ambiciosa: preservar y democratizar el acceso al conocimiento humano frente a barreras económicas, geográficas y políticas.

En sus primeras etapas, el proyecto se concentró en libros, artículos académicos, revistas y cómics, funcionando como un agregador de metadatos y motor de búsqueda que interconecta bibliotecas digitales no oficiales — como Sci-Hub, Library Genesis y Z-Library — con repositorios legítimos, entre ellos el Internet Archive.

Todo el código y los datos del proyecto fueron liberados bajo licencia CC0, permitiendo su copia, replicación y distribución vía torrents, como una estrategia explícita para resistir censuras, bloqueos o cierres judiciales.

Este enfoque fue celebrado por defensores del acceso abierto, quienes sostienen que los modelos de suscripción y las restricciones editoriales frenan el avance del conocimiento. Sin embargo, las autoridades de países como Italia, Reino Unido y Bélgica han bloqueado el sitio y aplicado sanciones económicas por violaciones sistemáticas a los derechos de autor.

Hasta ahora, Anna’s Archive justificaba su existencia como una defensa contra la pérdida cultural, evocando episodios históricos como la destrucción de la Biblioteca de Alejandría. La incursión en la música digital, no obstante, marca un punto de quiebre.


El salto a la música: un desafío directo a Spotify

Por primera vez, el colectivo extendió su metodología al ecosistema del streaming musical. Según su propio comunicado, el catálogo de Spotify fue extraído mediante el uso de APIs públicas, combinadas con técnicas para evadir protecciones DRM (Digital Rights Management). El proceso priorizó las canciones más reproducidas para cubrir progresivamente el llamado long tail del consumo musical.

La información se distribuye de forma escalonada a través de torrents: los metadatos ya están disponibles en bases de datos SQLite, mientras que los archivos de audio — en formatos OGG y Opus — se publican de manera gradual, acompañados de portadas y herramientas para reconstruir archivos originales.

Spotify reaccionó de inmediato. La empresa confirmó la detección de cuentas involucradas en accesos no autorizados y anunció el refuerzo de sus medidas anti-scraping. Aunque evitó calificar el incidente como un “hackeo” en el sentido clásico, sí lo describió como una violación grave de sus términos de servicio, con el uso de métodos ilícitos para eludir restricciones técnicas.

Hasta el 25 de diciembre de 2025, no se habían presentado demandas formales, pero especialistas anticipan acciones legales por parte de grandes sellos discográficos como Universal Music Group o Sony Music, siguiendo precedentes similares contra iniciativas de “preservación” que terminaron en sanciones millonarias.


Celebración, críticas y una nueva preocupación: la inteligencia artificial

Las reacciones en redes sociales han sido polarizadas. Mientras algunos usuarios aplauden el acto como un triunfo para la preservación cultural, otros advierten que no se trata de un acto heroico, sino de scraping masivo a escala industrial, igualmente ilegal.

A este debate se suma una preocupación creciente: el uso de estos datos para entrenar modelos de inteligencia artificial. La disponibilidad de millones de pistas sin autorización reaviva las discusiones sobre el uso indebido de obras creativas en sistemas de machine learning, sin consentimiento ni compensación para los artistas.


El peligro invisible: cibercriminales al acecho

Más allá del debate legal y cultural, existe un riesgo inmediato y tangible para los usuarios. Incidentes de alto perfil como este son terreno fértil para el cibercrimen.

La liberación masiva de torrents y enlaces “exclusivos” es aprovechada por actores maliciosos para distribuir malware camuflado como descargas legítimas. Sitios falsos, enlaces fraudulentos y archivos manipulados circulan en plataformas de torrents, canales de Telegram y videos de YouTube, prometiendo acceso gratuito al catálogo de Spotify.

El resultado suele ser la infección con infostealers, una familia de malware especializada en robar información sensible: contraseñas almacenadas en navegadores, datos bancarios, cookies de sesión, wallets de criptomonedas y archivos de aplicaciones de mensajería o FTP.

Entre los más activos se encuentran RedLine, Raccoon y Lumma, responsables de millones de infecciones a nivel global. Estos programas se distribuyen como Malware-as-a-Service y suelen ocultarse en software pirata, instaladores falsos o supuestas actualizaciones.

La unidad de investigación de SILIKN ha identificado actividad en foros clandestinos donde se promueve explícitamente la inserción de estos infostealers en enlaces y torrents asociados al supuesto catálogo extraído de Spotify, exponiendo a los usuarios a robos de credenciales de redes sociales, aplicaciones bancarias y servicios de mensajería.


Cuando el activismo cruza la línea

El caso de Anna’s Archive expone una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando el activismo digital adopta prácticas propias del cibercrimen? La copia y distribución masiva de contenido protegido, junto con la evasión deliberada de medidas técnicas, coloca al colectivo en una zona que muchos expertos ya no dudan en calificar como piratería organizada.

Desde el punto de vista legal, las infracciones son claras: violación de derechos de autor, elusión de sistemas de protección y ruptura de contratos de uso. Más allá del discurso de preservación cultural, estas acciones afectan directamente a artistas y a una industria que ya enfrenta severos desafíos económicos.

Las consecuencias potenciales no son menores: demandas millonarias, bloqueos globales, procesos penales y un endurecimiento de las regulaciones contra el scraping, lo que también podría afectar a investigadores y periodistas legítimos.


Advertencia final

Este episodio deja una lección contundente. La búsqueda de acceso gratuito a la cultura, cuando se combina con prácticas ilegales, incrementa exponencialmente los riesgos para los usuarios y fortalece el ecosistema del cibercrimen.

Desde la unidad de investigación de SILIKN se advierte de manera enfática: no descargar archivos ni canciones provenientes de estos torrents, ya que es altamente probable que estén manipulados con malware. Además de los riesgos de seguridad, en muchas jurisdicciones esta práctica constituye un delito.

El dilema del hacktivismo moderno sigue abierto, pero mientras los tribunales deciden, la amenaza digital ya está en circulación. La precaución, hoy más que nunca, no es opcional.

Para más información, visite: https://www.silikn.com/