Grupos cibercriminales de ransomware se profesionalizan con estructura de cártel
Imagen: Andrejzt | https://www.deviantart.com/andrejzt
Por Víctor Ruiz, fundador de SILIKN, Instructor Certificado en Ciberseguridad (CSCT™), NIST Cybersecurity Framework 2.0 Certified Expert (CSFE), (ISC)² Certified in Cybersecurity℠ (CC), EC-Council Ethical Hacking Essentials (EHE) Certified, EC-Council Certified Cybersecurity Technician (CCT), Ethical Hacking Certified Associate (EHCA), Cisco Ethical Hacker & Cisco Cybersecurity Analyst, Coordinador de la Subcomisión de Ciberseguridad de COPARMEX Querétaro y Líder del Capítulo Querétaro de la Fundación OWASP.
La evolución del cibercrimen ha dejado de ser un fenómeno improvisado para convertirse en una industria altamente organizada. El caso de DragonForce, un grupo de ransomware surgido en 2023 bajo el modelo de ransomware-as-a-service (RaaS), ilustra con claridad esta transformación. En poco más de dos años, la organización ha redefinido su esquema operativo hasta asemejarse a un auténtico cártel digital, incorporando prácticas propias de la delincuencia tradicional para coordinar, expandirse y maximizar beneficios dentro del ecosistema criminal.
Bajo este nuevo enfoque, DragonForce permite que sus afiliados operen con marcas propias y relativa autonomía, pero dentro de una infraestructura común que centraliza recursos estratégicos. El grupo ofrece servicios que van desde almacenamiento masivo de datos y monitoreo de servidores las 24 horas, hasta análisis profesional de archivos y apoyo técnico para ejecutar ataques o realizar pruebas. A ello se suma un servicio denominado Company Data Audit, diseñado para evaluar el valor comercial y extorsivo de los datos robados o cifrados, así como guías y materiales para perfeccionar las negociaciones de rescate. El mensaje es claro: la extorsión ya no es un acto improvisado, sino un proceso estandarizado y optimizado.
Esta lógica de “cártel” se refuerza con la búsqueda deliberada de cooperación entre grupos que antes competían entre sí. DragonForce ha intentado atraer a otras bandas relevantes con la promesa de “estabilizar el mercado”, fijar reglas no escritas y aumentar los beneficios colectivos. El resultado ha sido un crecimiento acelerado en notoriedad y alcance, con cientos de víctimas publicadas en su sitio de filtraciones y campañas dirigidas principalmente a los sectores de manufactura, tecnología y servicios profesionales en distintos países.
Esta profesionalización representa un punto de inflexión preocupante. Grupos mejor organizados, con funciones especializadas, recursos compartidos y tácticas homogéneas, pueden operar con mayor eficiencia, lanzar ataques coordinados y sostener operaciones a largo plazo. En la práctica, esto se traduce en un aumento tanto en la frecuencia como en el impacto de los ataques de ransomware, así como en esquemas de doble o triple extorsión que combinan cifrado, filtración de información y presión reputacional.
Desde la perspectiva empresarial, el cambio implica enfrentarse a adversarios con estructuras similares a las de una organización formal: soporte técnico para afiliados, análisis de datos orientado a maximizar la presión sobre las víctimas y estrategias de negociación cada vez más agresivas. También se acelera la explotación de vulnerabilidades conocidas y la integración de accesos iniciales adquiridos en mercados clandestinos, lo que reduce drásticamente los tiempos de respuesta disponibles para las organizaciones atacadas.
Ante este escenario, la defensa ya no puede ser reactiva ni fragmentada. Se vuelve indispensable adoptar una estrategia en capas que incluya una gestión rigurosa de parches, autenticación multifactor en accesos críticos, limitación de privilegios bajo el principio de mínimo acceso y segmentación de redes para frenar movimientos laterales. El monitoreo continuo mediante herramientas de detección y respuesta (EDR/XDR), junto con copias de seguridad desconectadas y probadas periódicamente, sigue siendo clave para contener daños y evitar el pago de rescates. A ello debe sumarse la capacitación constante del personal frente a técnicas de phishing y la preparación de planes de respuesta a incidentes que contemplen aspectos técnicos, legales y de comunicación de crisis.
En el caso de México, la evolución de DragonForce hacia un modelo cartelizado adquiere una relevancia particular. El país enfrenta un rezago estructural en ciberseguridad, con un marco regulatorio aún incipiente. Si bien el Plan Nacional de Ciberseguridad 2025–2030 marca un avance importante, su implementación enfrenta obstáculos como la falta de ejecución efectiva, la escasez de talento especializado y presupuestos limitados tanto en el sector público como en el privado. Este contexto deja a México expuesto a ataques más coordinados y eficientes.
El riesgo es especialmente alto en sectores estratégicos como manufactura, tecnología y servicios profesionales, pilares de la economía nacional y beneficiarios directos del nearshoring. Estados con fuerte atracción de inversiones, como Nuevo León o Baja California, se vuelven objetivos atractivos para grupos que combinan inteligencia criminal, cooperación internacional y explotación rápida de vulnerabilidades. Casos ya atribuidos a DragonForce en territorio mexicano confirman que la amenaza no es hipotética.
Las consecuencias no se limitan al ámbito tecnológico. Ataques más sofisticados elevan los costos económicos, afectan la confianza de inversionistas y amplifican el daño reputacional de empresas e instituciones. La filtración de datos personales incrementa los riesgos de fraude, robo de identidad y extorsión a gran escala, mientras que las debilidades en infraestructura crítica — energía, banca, gobierno — abren la puerta a crisis de mayor alcance.
Frente a un cibercrimen que opera como cártel, la resiliencia nacional depende menos de soluciones aisladas y más de una coordinación efectiva entre gobierno, sector privado y academia. Priorizar la ejecución real de las estrategias nacionales, fortalecer capacidades técnicas y elevar la cultura de ciberseguridad ya no es opcional. De lo contrario, modelos como el de DragonForce no solo explotarán vulnerabilidades tecnológicas, sino también brechas estructurales, convirtiendo incidentes digitales en problemas económicos y de seguridad nacional.
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